
Nunca dejaron que montara el mono en el avión. El mono de la familia que su padre mandó a momificar. Me lo tuve que llevar del aeropuerto a casa, prometiendo tramitar los papeles para su envío que nunca hice, dejándolo entre los cachivaches de la casa clausurada de mis padres. Su hermana fue a recoger las cenizas a Londres. Lo supe por la escueta esquela. No asistí a la ceremonia, sabiendo que no sería bienvenido. Despedí a Marcos a mi manera, aunque tardé un poco en hallar un taxidermista y después esperar que lo restaurara ya que estaba un tanto maltrecho por el abandono. En una jaula nueva me lo llevé al bar del Zipperle donde conozco al bartender, un hombre de confianza. Era poca mascota en vida y menos en la muerte y para facilitar su transporte y manejo hice que le cortaran lo superfluo, que le dejara sólo lo suficiente para que lo reconocieran como mono; una versión portátil que no causara escándalo en público. El bartender Luis preguntó por el mono y alcé la jaula como si fuera una Tiffany en miniatura y le hice la versión corta: sus años de mascota, su momificación inicial, su frustrado traslado a Londres, la muerte de Marcos, asegurándome a la vez un lugar en su anecdotario de clientes insólitos. El mono, cuyo nombre de mascota se me olvida, fue una histérica presencia, un vórtice de odio alrededor del cual giraba la apacible vida familiar de Marcos. Huraño e implacable. Mi cinismo universitario le concebía como la conciencia crítica de ese hogar, como si todo lo indecible se vertiere en ese primate enjaulado. Ahora reducido a una jaulita dorada en el asiento como testigo mudo con Luis de mis exequias. Bar de mis últimas andanzas, en donde nos despedimos ese noviembre del 89, el mono entre los dos. En esos años cuando desconocíamos de despedidas, de últimos encuentros. Hablamos de la tarde que avistamos los monos bajando por las laderas del Yunque, cuando fuimos testigos de esa primera invasión. De la película cuyo guión extraviamos, las fotos de continuidad, de una juventud aterradora. Ahora todas esas locaciones desaparecidas del contorno de nuevas geografías urbanas. Sólo yo y el mono en un bar, tratando de editar el cúmulo de tomas sueltas en una narrativa coherente que se pueda colgar como corte de director en el recuerdo entre dos taburetes de un bar.
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