Sunday, May 30, 2010

Bailar en la Casa del Topo


Cuando accedí a acompañar a Castillo a la fiesta no sabía que no estaba invitado. Llegamos con la lluvia pisándonos los talones, las primeras gotas salpicándonos la cara, subiendo la cuesta desde donde dejamos el carro al fondo, al lado de un barcito al recodo de la carretera. Casa llena, desbordada la gente al patio y el balcón que circundaba la casa sobre zócalos. No es de extrañar que en una isla pequeña todo el mundo tenga una o dos oportunidades para conocerse. La idea de que Castillo logró entablar amistad con Antonio Cabán Vale (El Topo), cantautor de Moca, creador del segundo himno nacional extraoficial, venció cualquier reticencia. Veníamos del sur donde estuvimos trabajando todo el día hasta entrada la noche como extras en una película western de un joven cineasta que pensaba concursar en un festival de cine en Tucson al mes entrante. Por eso la premura y lo apremiante. Llegamos vestidos de extras, con sobretodos oscuros hasta los tobillos, sombreros de ala ancha. Nos separamos a la entrada, buscando ambiente. Yo gravité hacia un núcleo de futuros próceres que conversaban animadamente sobre la última Cumbre de Países No-Alineados en el Cairo frente a la mesa de piscolabis. Parecían recortes de periódicos amarillentos de pronto animados. Me observaron con oprobio. Disipé sus dudas y enconos al decirles que acababa de arribar de un Congreso de los Pobres en Yakarta. En las largas pausas durante la filmación, y para no aburrirme, había ensayado unos pasitos para incorporar el chasquido de las espuelas al compás de un mapeyé. Quería estrenarlos y buscaba afanoso la ocasión. Y no tardó en darse. Una organizadora de comunidades de Chicago de visita en la isla para leer su ponencia “La Mujer como Agente Catalítico en la Izquierda Patriarcal-Machista”. Sé que divago, del trasunto del asunto que me trae a estas palabras.

Rebobino. Entramos como forajidos de una película de Clint Eastwood. Toda la concurrencia se desplazaba a nuestros pasos como fotofijas del Gabinete del Dr. Caligari. El rostro del Topo mientras la fusta de Castillo arqueó los aires funestos del coctel homenaje con todo el odio de un siglo de humillaciones.

Yo sólo vine porque me dijeron que era una fiesta. A veces se es testigo de la historia a regañadientes. A veces se es cómplice por inadvertencia. Yo sólo bailaba con una chica interesante. Pero el maldito karma te sigue a todas partes.

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