Tengo que dejar de ser tan entusiasta. Se me acelera el pulso en vano. Todavía el día juega con el ocaso. Debo disfrutarlo. Su inmediatez. Espío de reojo su mesa. La mesa del maldito bigotudo. Disfruto su ausencia. La posibilidad de que no venga. Pero debo mantener la calma, frenar mi deseo de pedirle al mozo un coñac. Saludo al flemático bardo del barrio y por poco lo convido. Es que el entusiasmo me corre por las venas como una fiebre. Estas escapaditas a Fornos mi único refugio.
Pero noche a noche el bigotudo me ha llevado a revivirlo. Su mirada me ha llevado de la mano a mi cama al cine mudo en blanco y negro de la revuelta del cual despierto empapado de sudor.
Poco a poco ha desbaratado mi mundo con su silente presencia. Condenado al silencio de mis memorias. Sé que es mi condena sentarme de espaldas a su mirada y con sólo la mía de frente en el espejo. Quiere ser testigo de mi deshilación en el tiempo.
Sin hablar ha logrado que todos aquí sepan de mi traición. Y cuando no viene es peor porque entonces me azota la esperanza en vanos entusiasmos traicioneros.
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