Yo le hice mi cuento favorito, el de la fiesta en el redondel. Me miró largamente, pausando para darse una halada del cigarrillo, y dijo que su padre le contó algo similar que ocurrió a fin de curso en La Habana para mediados de los cincuenta. Interesado en la casuística, le pedí detalles y coincidimos hasta en la mulata cantando esa viejita de César Portillo. Yo fui a la vellonera haciéndole al mozo la seña de dedos para dos pocillos más. Nos miramos a la distancia, a través de la humareda, sabiéndonos dignos contrincantes de una noche gloriosa de mentiras.
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