Monday, November 15, 2010

El azul de la esperanza


Supe que Mario escribía una novela. Que iba a contar todo lo de Marcos y Castillo. La entretela. Pero es lo único que supe. Lo que quedó de ella, chamuscada con el resto de las cosas de Castillo en ese apartamento que tenía en la 19. Clara anduvo con el manuscrito un buen rato antes que a su vez lo encontraron entre los motetes después de su muerte. De lo que sobrevivió el fuego yo vi un segmento acaso, cuando lo tenía Armando. Pero eso fue para los 90. Era sobre el famoso grupo de nacionalistas de Mayagüez poco después de la revuelta del 50. Lujo de detalles. Perdido para siempre. Lo del “azul” en el título delataba que era del propio Mario. Mario lo colaba en todo lo que hacía y bebía. Armando le quitaba credibilidad a lo que decía porque Mario puso a todos en la novela a tomar Dewars Blue Label. Algo así como las medias verdes de Peter O’Toole. Mario colaba el azul en todo. Eso es lo difícil de reconstruir ese mundo. Ya con tres cuartas partes de la gente muerta o desperdigada por el anonimato. No se puede constatar nada. De los que conocimos a esos tres quedamos poco. Las palabras salidas de la boca no entintan el aire y menos el papel. Es pura memoria todo. Mi impresión es que Armando sabía más de la novela de lo que daba a entender. Mi teoría es que era la vida de Castillo lo que contaba Mario y que ese manuscrito era lo que cazaba Castillo todos eso años. Muchos murieron sin saber que esa era la causa. Ya nada se sabrá a ciencia cierta, la verdad murió con los tres y lo que queda son los fragmentos después del impacto. Fue el Hiroshima nuestro.

Friday, October 15, 2010

La más extravagante alusión o el sujeto 058


Cuando Castillo me entregó el extracto de la carpeta que la inteligencia policiaca mantuvo sobre Mario no pregunté cómo llegó a sus manos. Los idiotas, dijo, traspapelaron informes. Castillo supo que se trataba de mi, que yo era el sujeto 058, por la alusión a mi barrio. Yo lo supe por la alusión a Liona. Reconocí la fecha y el suceso acontecido en los sopores de una tarde de Semana Santa. En el peor de los casos, es difícil saber quién es el observado y quien el “innocent bystander”.

La verdad es que entre el sujeto 058 y yo existe un desfase de la realidad contada. Tal vez un malentendido. Verdad es que Liona sí pidió usar el teléfono para llamar a sus familiares en Panamá. Como verdad es que me pidió un cigarrillo Salem, de la cajetilla que solía dejar mi padre en el chinero para su ocasional fumada. Castillo me interrogaba con su habitual deleite inquisitorio, con su habitual “debriefing” de los sucesos. Mi única conjetura era que la realidad se narra de diferentes ópticas. Que era posible que el sujeto 058 narrara unos sucesos acontecidos en otro contexto y que los extrapolaba. Castillo y yo comparamos concordancia y disonancias. En aras del argumento, Castillo me siguió la corriente.

Que tuviera una erección en esos años era imposible de rebatir. Era un dado. Que me lo acariciara en los confines de su “boudoir” y que sucediera lo que suele suceder como lógica consecuencia entre sudores y susurros son otros afamados veinte pesos. Castillo me urgió que atara los cabos sueltos por la importancia que revestía para nuestra seguridad. Yo traté de ilustrarlo sobre los “pitfalls” del narrador no-confiable. Que los informantes, espías y observadores en general arrastran un bulto pesado de preconcepciones.

Una parte de mi quería darle la razón a Castillo. Que realmente era yo quien deliraba sobre los pechos de Liona. Que subimos con los restos de camarones y la botella de vino para seguir oficiando esas exequias de la Semana Santa. Que llevamos a su fruición los regodeos de David y Betsabé. Lo quise hacer porque me mortificaba la creciente sospecha que Liona estuviera engañándome con el sujeto 058. Que lo nuestro fuera una mentira. Pero uno tiene que mantenerse fiel a los personajes de la novela de la vida que le ha tocado protagonizar, aunque sea a regañadientes para evitar desmentir todo lo narrado.

Wednesday, September 22, 2010

Los secretos del mono


Nunca dejaron que montara el mono en el avión. El mono de la familia que su padre mandó a momificar. Me lo tuve que llevar del aeropuerto a casa, prometiendo tramitar los papeles para su envío que nunca hice, dejándolo entre los cachivaches de la casa clausurada de mis padres. Su hermana fue a recoger las cenizas a Londres. Lo supe por la escueta esquela. No asistí a la ceremonia, sabiendo que no sería bienvenido. Despedí a Marcos a mi manera, aunque tardé un poco en hallar un taxidermista y después esperar que lo restaurara ya que estaba un tanto maltrecho por el abandono. En una jaula nueva me lo llevé al bar del Zipperle donde conozco al bartender, un hombre de confianza. Era poca mascota en vida y menos en la muerte y para facilitar su transporte y manejo hice que le cortaran lo superfluo, que le dejara sólo lo suficiente para que lo reconocieran como mono; una versión portátil que no causara escándalo en público. El bartender Luis preguntó por el mono y alcé la jaula como si fuera una Tiffany en miniatura y le hice la versión corta: sus años de mascota, su momificación inicial, su frustrado traslado a Londres, la muerte de Marcos, asegurándome a la vez un lugar en su anecdotario de clientes insólitos. El mono, cuyo nombre de mascota se me olvida, fue una histérica presencia, un vórtice de odio alrededor del cual giraba la apacible vida familiar de Marcos. Huraño e implacable. Mi cinismo universitario le concebía como la conciencia crítica de ese hogar, como si todo lo indecible se vertiere en ese primate enjaulado. Ahora reducido a una jaulita dorada en el asiento como testigo mudo con Luis de mis exequias. Bar de mis últimas andanzas, en donde nos despedimos ese noviembre del 89, el mono entre los dos. En esos años cuando desconocíamos de despedidas, de últimos encuentros. Hablamos de la tarde que avistamos los monos bajando por las laderas del Yunque, cuando fuimos testigos de esa primera invasión. De la película cuyo guión extraviamos, las fotos de continuidad, de una juventud aterradora. Ahora todas esas locaciones desaparecidas del contorno de nuevas geografías urbanas. Sólo yo y el mono en un bar, tratando de editar el cúmulo de tomas sueltas en una narrativa coherente que se pueda colgar como corte de director en el recuerdo entre dos taburetes de un bar.

Sunday, May 30, 2010

Bailar en la Casa del Topo


Cuando accedí a acompañar a Castillo a la fiesta no sabía que no estaba invitado. Llegamos con la lluvia pisándonos los talones, las primeras gotas salpicándonos la cara, subiendo la cuesta desde donde dejamos el carro al fondo, al lado de un barcito al recodo de la carretera. Casa llena, desbordada la gente al patio y el balcón que circundaba la casa sobre zócalos. No es de extrañar que en una isla pequeña todo el mundo tenga una o dos oportunidades para conocerse. La idea de que Castillo logró entablar amistad con Antonio Cabán Vale (El Topo), cantautor de Moca, creador del segundo himno nacional extraoficial, venció cualquier reticencia. Veníamos del sur donde estuvimos trabajando todo el día hasta entrada la noche como extras en una película western de un joven cineasta que pensaba concursar en un festival de cine en Tucson al mes entrante. Por eso la premura y lo apremiante. Llegamos vestidos de extras, con sobretodos oscuros hasta los tobillos, sombreros de ala ancha. Nos separamos a la entrada, buscando ambiente. Yo gravité hacia un núcleo de futuros próceres que conversaban animadamente sobre la última Cumbre de Países No-Alineados en el Cairo frente a la mesa de piscolabis. Parecían recortes de periódicos amarillentos de pronto animados. Me observaron con oprobio. Disipé sus dudas y enconos al decirles que acababa de arribar de un Congreso de los Pobres en Yakarta. En las largas pausas durante la filmación, y para no aburrirme, había ensayado unos pasitos para incorporar el chasquido de las espuelas al compás de un mapeyé. Quería estrenarlos y buscaba afanoso la ocasión. Y no tardó en darse. Una organizadora de comunidades de Chicago de visita en la isla para leer su ponencia “La Mujer como Agente Catalítico en la Izquierda Patriarcal-Machista”. Sé que divago, del trasunto del asunto que me trae a estas palabras.

Rebobino. Entramos como forajidos de una película de Clint Eastwood. Toda la concurrencia se desplazaba a nuestros pasos como fotofijas del Gabinete del Dr. Caligari. El rostro del Topo mientras la fusta de Castillo arqueó los aires funestos del coctel homenaje con todo el odio de un siglo de humillaciones.

Yo sólo vine porque me dijeron que era una fiesta. A veces se es testigo de la historia a regañadientes. A veces se es cómplice por inadvertencia. Yo sólo bailaba con una chica interesante. Pero el maldito karma te sigue a todas partes.

Monday, May 3, 2010

Esa otra ceremonia


Me perdí en el libro. No sé en qué párrafo. Y toda esa tarde y esa noche era buscar la redención. De donde estaba postrado bocabajo en la grama sentí unos pasos. Era Mario con su recién estrenada novia. Caminaban hacia mí. Mario preguntó si estaba bien. Todavía tenía el dedo insertado en el libro, marcando la página. Me incorporé y les leí un párrafo. De nuevo preguntó si estaba bien.

Hubo un tiempo y hubo gente en ese tiempo que se craqueaba con un libro. Un párrafo podía pararlos en seco. Les pedí que no me dejaran solo. Leí del libro en voz alta mientras caminamos. Creo que les leí el libro entero.

Se hizo noche y pasé de leer del libro a comentarlo. Traté de explicarles por qué me había craqueado. El párrafo preciso. Caminamos lo ancho y lo largo de ese recinto. Me fui calmando. Llegué al punto te sentirme ridículo. Pero ellos no querían que me fuera. Les seguí, comentando el libro todo el trayecto al hospedaje de la novia de Mario que quedaba en la Arzuaga frente a la iglesia de la plaza. Subimos y prepararon café.

Habiendo agotado todo comentario, caí en silencio. Me parecía que el silencio tenía más páginas que el libro. Era otro libro. Por el balcón del hospedaje se escucharon los campanazos de la iglesia anunciando la misa. Le pedí a Mario que me acompañara a la iglesia. Me miraron como si hubiera abierto otro libro, es decir, otra craquiera. Se miraron largamente como sólo se miran las parejas. Mario dijo que me acompañaba.

No había entrado a una iglesia desde que me expulsaron del colegio. Sentí que ya era tiempo de cerrar un libro y abrir otro. Tengo que hacerlo, les dije, ya estoy bien, no se preocupen. Libro en mano, bajé a la calle. Cruzamos hacia la iglesia.

No sé si fue el libro que me llevó a comulgar. Para ese entonces se recibía la hostia en la lengua de manos del cura. Más temprano ese mismo día puse otra cosa en la lengua. Sentí que todo el día era el libro que siguió contándome. Que mis comentarios eran otro libro cuyos únicos lectores fueron Mario y su novia. Pero no hay manera de insertar el dedo en toda esta tarde para marcar el sitio preciso de esa otra ceremonia. Y ni sé si vale la pena comentarlo.