Saturday, January 2, 2010

Omaha Beach


“… el viejo siguió de rolo en la cocina dándose cantazos de ron.


Es mentira que haya una guerra que acabe con todas las guerras. Eso nunca acaba. Con ese embuste nos embarcaron en junio del 44 a Normandía en medio de un temporal de madre, enchumbaos hasta el hueso y pisando muertos. Enlisté huyéndole a una hija muerta.

A mi hijo lo dejé en el Jeep mientras entraba en la lechonera. Lo dejé escuchando Tarzán en la radio mientras entraba a hablar con el soplón. Con esta última misión ganaría el derecho de largarme con la familia de esta maldita isla. Estaba harto de guerra, las mía y la del otro. Que cada cual arrastre con su propio muerto. Por sobre el hombro del soplón miraba a mi hijo. Iba por el nombre de Castillo, el bigotudo líder del grupo a que pertenecía el soplón.

Al año en El Paso pude traerme conmigo a la familia, a cinco años de la revuelta como castigo por haber dejado escapar al bigotudo.

Debí habérselo dicho a mi hijo, pero era como decírselo todo. Y ahora que habito la neblina de mis últimos años se me es imposible. Las balas de Omaha Beach zumban en mis oídos mientras me arrastro por encima de los cadáveres.


Monday, December 21, 2009

Celuloide





¿Recuerdas el cuento que se hacía el grupo de La Torre?

Ah, la del tipo que se rumoraba había muerto y se regó como pólvora y cada vez que entraba alguien del grupo le contaban que había muerto.

Bueno, sabes, al fin de la noche, metido en palos todo el mundo.

Lo que no entiendo es por qué nadie hizo gestiones con la familia o averiguaron con alguien.

Era que la sensación que había muerto resultaba más interesante. El tipo, ya muerto, resulta que era otro.

A medianoche llega a La Torre y la gente le cae encima, casi culpándolo por estar vivo. Le habían inventado toda una vida mientras estuvo “muerto”.

Una vida mucho más interesante de la que tenía de vivo.

Como lo de la tipa que me cuentas que murió 13 años antes de su muerte. La actriz que te inventaste que conocías con todo el rollo de la película.

La película que no se rodó por su “repentina muerte”.

¿Y así lo contaste, verdad?

Todo el rollo con antecedentes. La mentira es como una película, atmósfera, luz y sombra.

¿Ya lo sabrá, que es parte de un cuento?

Me imagino, si hasta el nombre le di.

Wednesday, December 9, 2009

Tengo que dejar de ser tan entusiasta


Tengo que dejar de ser tan entusiasta. Se me acelera el pulso en vano. Todavía el día juega con el ocaso. Debo disfrutarlo. Su inmediatez. Espío de reojo su mesa. La mesa del maldito bigotudo. Disfruto su ausencia. La posibilidad de que no venga. Pero debo mantener la calma, frenar mi deseo de pedirle al mozo un coñac. Saludo al flemático bardo del barrio y por poco lo convido. Es que el entusiasmo me corre por las venas como una fiebre. Estas escapaditas a Fornos mi único refugio.

Pero noche a noche el bigotudo me ha llevado a revivirlo. Su mirada me ha llevado de la mano a mi cama al cine mudo en blanco y negro de la revuelta del cual despierto empapado de sudor.

Poco a poco ha desbaratado mi mundo con su silente presencia. Condenado al silencio de mis memorias. Sé que es mi condena sentarme de espaldas a su mirada y con sólo la mía de frente en el espejo. Quiere ser testigo de mi deshilación en el tiempo.

Sin hablar ha logrado que todos aquí sepan de mi traición. Y cuando no viene es peor porque entonces me azota la esperanza en vanos entusiasmos traicioneros.

Tuesday, December 8, 2009

From Castillo with Love


I am leaving, I am leaving , but the fighter still remains”

Simon & Garfunkel



«Se acabó, Castillo, todo eso.»

«¿De qué hablas , macho?»

«De la era de acuario.»

El librito negro de citas memorables la llevaba Castillo, como todo, entre oreja y oreja. Las últimas palabras de sus ultimados. Lo que solían decir los pobres ilusos. Uno a uno. Se les ocurrían cada cosa, musitaba Castillo. En el corto espacio de tiempo que les sobraba entre el momento que les anunciaba su muerte y el plomo en la chola vomitaban toda la avenita que llevaban dentro. Para Castillo no era más que musaraña utópica. Era de acuario.

«Aquí toma, de Castillo con amor.»


Wednesday, November 25, 2009

La vida en el trópico


El terror nos visita a diario. Por eso siempre me dejo opciones. Salidas. Una de ellas era por el lobby del hotel cercano. En apariencias, un lobby cualquiera, con su aire de continua transitoriedad. Pero para quien cultiva la observación, para quien ha pulido su mirada de reojo, era uno de varios portales al infinito de los que hay varios regados al azar por la ciudad. Yo siempre he acomodado mis pasos a sus cercanías. Atravesarlas no promete el infinito, no es que del otro lado vivirás por una eternidad. Es que ganas tiempo. Lo burlas. Pero es un asunto delicado, saber cuando estás a la merced del tiempo, saber que una pieza ha sido tocada sobre el tablero y es tu turno para elaborar tu teoría del juego, avanzar o retirar la única pieza que posees. Porque si te precipitas un lobby es sólo un lobby, de la misma manera que Freud solía decir que a veces un cigarro es sólo un cigarro, y lo que logras es tropezar con un turista, lo finito con lo que está de paso. Pero ahora de reojo veo que el hotel está cerrado para remodelaciones. Sin aviso, y con el terror mordiéndome los talones. Pienso que el infinito no podría haberse desplazado muy lejos. No es que se pueda mudar el infinito como hasta con el debido cuidado se puede transportar el piano de cola. Voy circundando sus aparcamientos desolados, con la premura jadeante del condenado, con la furia molecular que obliga mi inadvertencia. Pero lo que más me desconcierta mientras corro por el borde de la piscina dando patadas a las cabañas y tropezando con las sombrillas de playa hasta llegar a las orillas del Atlántico es no saber por qué se les ocurrió cerrar en el pico de la temporada.

Thursday, November 19, 2009

Se avecina una vaguada


“We often don't know what we're like. I hope that's the case because otherwise I'll kill myself.”

—Bill Nighy, British actor

«Las torrenciales lluvias acapararon el paisaje», así digo ahora, aunque en el momento enchumbao bajo el risible escaparate de la parada de guaguas, sólo sentí la desolación de no saber a dónde ir, y por eso, ahora, no puedo evitar poetizar el recuerdo a manera de evasión. Estoy en la parada, sin plan claro, empujado por las inclemencias del tiempo, tratando de racionalizar una posible estupidez de mi parte, tan impulsivo que sigo siendo aun de viejo. Porque nadie sabe cuando está en vísperas de un cataclismo repentino. Entonces es sálvese quien pueda. Uno no tiene tiempo para pensar las cosas, barajar opciones. Lluvias torrenciales, para invertir el orden en que primero las enuncié, a menos que se contemplan desde la seguridad de un lugar seco, compelen a la acción. Así que acepté la oferta que anunciaba el bocinazo de la colega para rechumbarme a ciegas de nuevo hacia la parte del pasajero de su carro. Entonces era parte de otra empresa bajo las torrenciales lluvias, que invierto de nuevo, mirando el espacio vacío en la parada donde estuve apenas segundos anulando así otras posibles avenidas de acción que ahora desconozco, librado de la necesidad de tomarlas. Era otra perspectiva de las cosas estar en medio de un tapón insuflado de esperanzas que poco a poco se fueron disipando. Decidimos salirnos del atasco formulando otras esperanzas tal vez encontradas, pero que daban cierto aliento. Sentados ya en un café que ninguno jamás hubiera patrocinado si no fuera por las lluvias torrenciales, y espero que sea la última inversión, inmersos cada cual en ensoñaciones lisonjeras de cómo haber evitado estar ahí con el otro. El tiempo cambia como uno percibe las cosas, es la única explicación que tengo de por qué en el aparcamiento subterráneo después la acuchillé, la metí en el baúl y arranqué sin rumbo fijo con la esperanza que ya las vías estuvieran descongestionadas. Y eso, que yo no sé guiar. Hay misterios insondables que nunca se asoman a la literatura o los tratados de índole científico, y uno de ellos es como llegué al parking de Plaza Las Américas. Ahí la dejé en su carro. Un alma caritativa. Ya en fila para un café, indeciso si también pedir un bizcocho, me di cuenta que era el único enchumbao en un mar cambiante de gente seca, aparentemente contenta, debidamente peinados y sonrientes, casi un mundo paralelo. Pedí un café negro como quien pide un café negro en una obra de Henrik Ibsen. Me escurrí entre la muchedumbre, café en mano, como prófugo, sin rumbo fijo, sin casa adonde llegar, antes que se dieran cuenta y me apalearan. Ignoré las llamadas a mi celular de que sabe quién pudiera estar interesado en mi paradero en esa tarde espantosa de, y por ahí vienen, de torrenciales lluvias que acapararon todo el paisaje. Estoy en mi humilde aposento, seco, viendo el recuento noticiero de la lluvia ya desde una perspectiva totalmente diferente a la que por desgracia no tuve acceso antes.

Friday, November 6, 2009

Tu, Mi Delirio


Yo le hice mi cuento favorito, el de la fiesta en el redondel. Me miró largamente, pausando para darse una halada del cigarrillo, y dijo que su padre le contó algo similar que ocurrió a fin de curso en La Habana para mediados de los cincuenta. Interesado en la casuística, le pedí detalles y coincidimos hasta en la mulata cantando esa viejita de César Portillo. Yo fui a la vellonera haciéndole al mozo la seña de dedos para dos pocillos más. Nos miramos a la distancia, a través de la humareda, sabiéndonos dignos contrincantes de una noche gloriosa de mentiras.