
Supe que Mario escribía una novela. Que iba a contar todo lo de Marcos y Castillo. La entretela. Pero es lo único que supe. Lo que quedó de ella, chamuscada con el resto de las cosas de Castillo en ese apartamento que tenía en la 19. Clara anduvo con el manuscrito un buen rato antes que a su vez lo encontraron entre los motetes después de su muerte. De lo que sobrevivió el fuego yo vi un segmento acaso, cuando lo tenía Armando. Pero eso fue para los 90. Era sobre el famoso grupo de nacionalistas de Mayagüez poco después de la revuelta del 50. Lujo de detalles. Perdido para siempre. Lo del “azul” en el título delataba que era del propio Mario. Mario lo colaba en todo lo que hacía y bebía. Armando le quitaba credibilidad a lo que decía porque Mario puso a todos en la novela a tomar Dewars Blue Label. Algo así como las medias verdes de Peter O’Toole. Mario colaba el azul en todo. Eso es lo difícil de reconstruir ese mundo. Ya con tres cuartas partes de la gente muerta o desperdigada por el anonimato. No se puede constatar nada. De los que conocimos a esos tres quedamos poco. Las palabras salidas de la boca no entintan el aire y menos el papel. Es pura memoria todo. Mi impresión es que Armando sabía más de la novela de lo que daba a entender. Mi teoría es que era la vida de Castillo lo que contaba Mario y que ese manuscrito era lo que cazaba Castillo todos eso años. Muchos murieron sin saber que esa era la causa. Ya nada se sabrá a ciencia cierta, la verdad murió con los tres y lo que queda son los fragmentos después del impacto. Fue el Hiroshima nuestro.



